ÓLEOS DE SANGRE
¿Qué
son las leyendas? ¿Qué las ocasiona? ¿Cómo surgen? ¿Quién las
cuenta? ¿Cómo se transmiten?
Las
leyendas son hechos, historias, a menudo ficticias, sobre hechos
sobrenaturales que se transmiten de generación en generación.
Normalmente tienen su ubicación en un tiempo y en un lugar
conocidos por todos, lo que les aporta verosimilitud.
Sin
ir más lejos, las leyendas son sólo eso, leyendas. Hechos
ficticios... o no.
Muchas
leyendas que se han ido transmitiendo de generación en generación
ocurrieron de verdad, solo que se quisieron ocultar y las quisieron
transformar en un mito, para que la sociedad no entrara en pánico o
se conmocionara. Si se hubiese sabido que esos hechos que contaban
las leyendas habían ocurrido de verdad y que podían estar tan cerca
de nosotros, seguramente no hubiésemos podido soportalo ni aprender
a sobrellevarlo.
Ejemplos
de estas leyendas son la familia de caníbales de Texas, que allá
por los 70 se dedicó a raptar jóvenes y a convertirlos en sus
títeres de juegos y acciones macabras... la leyenda de aquel niño
que se ahogó en un campamento y que regresó a la vida después de
la muerte de su madre, para vengarse de todos los campistas, también
por la época de los 70... o aquella leyenda del vídeo que al
reproducirlo morías a la semana por un extraño ente sobrenatural,
una niña de un pozo.
Esta
leyenda ya era más moderna pero también cierta, como todas.
Lo
que pasó fue que la sociedad quiso ocultarlas bajo el manto de
"LEYENDA". Y es que, el término leyenda no es más que una
mera falacia para esconder lo que una vez pasó de verdad y que
nosotros quisimos olvidar.
Y
dicho esto, sin más preámbulos, me dispongo a contar la leyenda de
los Beckett y en especial, de Baltasar Beckett, un hombre obsesionado
con pintar el mejor óleo de la historia del arte, un óleo que de
verdad transmitiese emociones, sentimientos... un óleo que de verdad
transmitiese vida.
Inglaterra.
Londres. Año 1850.
Los
Beckett eran una adinerada familia, muy acomodada dentro del seno de
la burguesía y la aristocracia inglesa que vivía a las afueras de
la ciudad londinense en la mansión de Daddenville, una lujosa
construcción de más 100 años de antigüedad. Se tenían documentos
de ella del 1734, pero se conocía que era aun más antigua y que
había pasado de generación en generación de los Beckett,
albergando allí a más de 8 generaciones.
La
construcción la presidía una solitaria torre de piedra a modo de
minarete, con un gran reloj y unas campanas en su parte superior que
sonaban cada hora. Mediante esta torre se daba paso al cuerpo de la
Mansión, de más de 3 plantas de altura, con amplios ventanales y
portones en la planta baja. De este cuerpo pasaba al edificio
central, presidido por dos torres más altas, esta vez acabadas en un
tejado picudo de tejas negras. Estas dos torres también tenían
ventales, más amplios que los anteriores, algunos tapados incluso
por secas enredaderas que llegaban desde abajo hasta la cúspide de
cada torre. Dos chimeneas se alzaban en la parte superior del tejado,
todo el día echando humo para calentar el frío caserón. El portón
principal que daba entrada a la casa era enorme, de madera oscura y
vieja. Tenía una enorme aldaba de plata para llamar a la puerta. Dos
gárgolas custodiaban la entrada en la parte adintelada del portón.
La
mansión tenía un amplio jardín de verde vegetación con arbustos y
árboles pequeños podados creando formas animalizadas. Allí los
niños jugaban. Los más pequeños de los Beckett.
En
la parte trasera de la casa había un porche de hierro con
enredaderas cubriéndolo y dando cobijo a un banco que se balanceaba.
Allí la señora de la casa, Afroditta Beckett proseguía con sus
lecturas. Le encantaba leer. También en ese porche Baltasar pintaba.
De ahí se daba paso a un laberinto pequeño de abetos donde los
niños empleaban también sus tardes y jugaban con el perro, Cóndor,
un pastor alemán de pura raza.
Si
la mansión derrochaba lujosidad, fastuosidad y clase en su exterior,
en su interior no iba a ser menos. Réplicas de estatuarias griegas,
óleos pintados por el primogénito de los Beckett, sillones,
cristalerías y muebles de caoba junto a otro mueblario de bronce y
piedra de color negro azabache la decoraban y la amueblaban. En la
planta baja, en la parte del minarete estaba la cocina y los
aposentos de los sirvientes, tres cocineros y cuatro sirvientas. Y
luego a un lado, por separado, la habitación de Jasper, el mayordomo
de la casa. Al minarete sólo se subía a dar las campanadas de cada
hora por unas estrechas escaleras de caracol.
En
la parte central de la casa se hallaba en enorme salón que daba a la
chimenea, con grandes sillones y sofás y un piano al fondo. Arriba
en el techo abovedado había una gran lámpara de araña con
pedrería. Estaba muy bien iluminado por cuatro ventanales que daban
al jardín. Este salón desembocaba en un pasillo corto que daba al
portón principal, al que estaba comunicado directamente. Nada más
entrabas por el portón y dejabas los chaquetones y demás
complementos en la percha del recibidor llegabas al amplio salón, a
mano derecha. A mano izquierda tenías un corredor con estátuas
clásicas y con enormes vidrieras que lo dejaban todo muy bien
iluminado. Este corredor te llevaba a la cocina y a los dormitorios
anteriormente mencionados del servicio. En frente de la puerta
teníamos la gran escalera que te llevaba al piso de arriba. A mano
derecha estaba el amplio salón - comedor donde solían recibir los
Beckett las visitas. Normalmente el señor Beckett pasaba allí sus
tardes fumando tabaco en pipa y leyendo el periódico. Sino, solía
pasar las tardes encerrado en su despacho, en la planta de arriba.
La
planta de arriba básicamente se resumía en el amplio despacho de
William Wilfrick Beckett, el cabeza de familia. Era un hombre alto,
de 49 años de edad. Lucía un gran bigote y largas patillas que le
cubrían los laterales de la cara. Tenía poco pelo, pero el que le
quedaba lo ataba con una sutil coleta. Siempre vestía trajes
elegantes de color negro y siempre estaba fumando de su pipa. Siempre
se quejaba de que algun día el tabaco acabaría con él, pero nunca
dejaba de fumar, decía que le tranquilizaba. Aparte del despacho, en
la pimera planta también estaba su dormitorio y el dormitorio de
Baltasar.
El
señor Beckett trabajaba en el transporte internacional. Dirigía una
empresa de transportes de mercancías desde Londres hasta
Norteamérica lo cual le hacía pasar muchas tardes encerrado en su
despacho con todo el papeleo que conllevaba y buscando nuevas rutas.
Como era normal compartía dormitorio con su mujer, la Sra. Beckett.
Afroditta Beckett tenía 46 años, pero aun salvaguardaba un brillo
de juventud en sus ojos. Los años la habían tratado bien. Tenía
una larga cabellera rubia ataba con una trenza. Sus ojos eran verdes
cristalinos como el mismo mar. Siempre vestía largos vestidos de
colores claros. Era muy alegre. Su dormitorio era muy amplio, con un
gran cama acolchada de algodón y tela muy fina. Justo encima de la
cama había un retrato de ellos dos hecho por su hijo. A los sres.
les gustaba mucho pero a Baltasar no le convencía demasiado. Siempre
decía que le faltaba algo. Su dormitorio tenía también un baño
al que se accedía por una puerta situada enfrente de la cama. A la
derecha de esta puerta había un enorme ventanal con una butaca de
terciopelo para sentarse a observar el paisaje. Desde allí se veían
los jardines y la señora Beckett podía vigilar a sus hijos por si
hacían alguna trastada.
El
dormitorio de Baltasar Beckett esta situado al lado del de sus
padres, pero a diferencia del de ellos el suyo no era ni la mitad de
grande. Tenía un detalle muy peculiar: Pese a ser Baltasar un gran
pintor, en su habitación no había ningún cuadro suyo decorándola.
No quería tener sus obras delante. Decía que no había hecho
pinturas lo suficientemente buenas como para ser colgadas en su
dormitorio. Baltasar era un chico aparentemente normal, joven, alto,
de complexión fuerte y moreno como su padre. Cuando se ponía a
pintar algo cambiaba en él. Se tornaba oscuro, sombrío. Se enfadaba
muchísimo consigo mísmo cuando no conseguía lo que él se
proponía. Se enfadaba también mucho con sus hermanos si le
molestaban pintando o con los sirvientes si le interrumpían en su
obra, a los que llegó a lanzarles pinceles, pinturas, platos y todo
lo que tenía a mano. Era muy exigente consigo mismo y si no le
salían las cosas, sus rabietas las pagaba con la gente que tenía
alrededor.
De
la primera planta había otras escaleras al final del pasillo, al
lado de la habitación de Baltasar, que te conducían a la segunda
planta donde estaban los dormitorio de los niños de la casa: Jody
Beckett, Ambrosia Beckett y Reynald Beckett.
Baltasar
era el primogénito, el hijo mayor de la familia. Tenía 25 años.
Después le siguieron Jody y Ambrosia, gemelas de 13 años, rubias
como su madre, y de aspecto angelical. Eran muy dulces y siempre
andaban correteando por Daddenville jugando con su hermanito.
Compartían habitación, toda llena de muñecas peluches y demás
juguetes.
El
más pequeño era Reynald, el último en llegar al mundo. Sólo tenía
8 años, era moreno también como todos los varones Beckett y siempre
decían que se parecía mucho a Baltasar cuando era pequeño, pero
sin el don de artes ni el mal genio. Su habitación estaba contigua a
la de sus hermanas. Igual que la de ellas estaba llena de muñecos,
payasos, títeres, cochecitos y un balancín de un caballito. Le
encantaba ese balancín.
Después
de las habitaciones de los niños había una pequeña escalera que
conducía a la tercera y última planta, donde estaba el ático. Allí
sólo había trastos, ropas viejas, muchas cajas olvidadas y dejadas
al amparo del tiempo, muchas telarañas, ratas y demás entes ajenos
a los propietarios de la casa... También había un gran armario, muy
viejo, de estilo barroco. Estaba cerrado bajo llave. El señor
Beckett, que guardaba la llave en su despacho, les tenía prohibido
acercarse a ese armario. Les decía a los más niños que había
monstruos en él para que no se acercasen. A Baltasar simplemente le
decía que eran cosas suyas las que había ahí dentro y que nadie
debía inmiscuirse.
Baltasar
tenía una idea entre ceja y ceja. Quería retratar a toda su familia
para colgar ese lienzo en el Salón de la casa a modo de bienvenida y
así todos los invitados lo viesen y quedasen perplejos ante tal
maestría y dominio de la pintura.
Los
Beckett querían tener el autorretrato de la familia colgado en el
salón, ya que era todo un valuarte de prestigio. Le comentaron a
Baltasar si quería que contratasen a un pintor de mucho renombre de
la ciudad para que pintase la obra y así saliese también él en
ella. Baltasar se negó rotundamente. Le parecía un insulto que
teniendo un pintor en la familia se contratase a otro para realizar
un autorretrato de todos.
Así
que contrataron al mejor fotógrafo de Londres para que les hiciese
una foto y así Baltasar a partir de ella pudiese empezar su obra.
Baltasar prefería pintar del natural, pero al tener que salir en el
lienzo por ser miembro de la familia se tuvo que recurrir a la
fotografía. Así se contentaba también al primogénito, pues puso
una cara de asco y de furia la vez que le dijeron lo de contratar a
otro pintor para realizar la obra... su mirada tenía tanto reproche,
era tan penetrante que podía fulminar a todo cuanto miraba.
Sus
padres se dieron cuenta enseguida y accedieron a lo de la foto.
A
su vez también era un reto personal para Baltasar, pues nunca había
pintado de foto, y menos si ésta estaba en blanco y negro y sus
intenciones era de hacer un autorretrato de la familia a color. Era
todo un reto personal y Baltasar le tenía muchas ganas. Pensaba que
esa debía ser su obra maestra, la obra que de verdad mereciese estar
colgada en todo lo algo de la pared del Salón. Pensaba que con ella
podría conseguir por fin eso que le fallaba en todos sus anteriores
cuadros. Ese toque de vivacidad, de sentimiento, de naturalidad, de
vibración, de vida misma.
Llegó
el ansiado día de empezar la obra. Colocó el lienzo en el patio de
atrás que daba al laberinto de abetos y se puso a pintar. Pinceladas
agresivas, pero calculadas, toques de color de punta a punta del
lienzo, primero pintó a Afroddita, luego al Sr. William, sus
hermanas y hermano pequeños y luego a él. Tardó un mes en hacerlo.
Todos los días de sol a sol pintaba. Todo el mundo tenía prohibido
acercársele, por petición del propio Baltasar.
Cuando
lo terminó, se alejó para observarlo. Sonrió, y con un cuchillo
desgarró completamente la tela destrozando el cuadro. Luego lanzó
maldiciones al aire por su descontento con el resultado. Los Srs.
Beckett lo oyeron desde el Salón, pero no hicieron reparo en su
rabieta. Era ya muy típico en él.
A
los pocos días empezó otro cuadro, y este no tuvo mejor resultado.
Al acabarlo, esta vez en dos meses, el joven Baltasar lo roció con
combustible y lo quemó. Los señores de la casa estaban cada vez más
preocupados por su hijo mayor. Baltasar apenas, comía, ni se
relacionaba, pasaba horas y horas en el jardín de atrás pensando en
cómo podía mejorar el retrato, en cómo podía pintarlo mejor. Eso
le quemaba por dentro. Fue empeorando. Su aspecto empezó a cambiar,
parecía incluso más viejo. Le salieron algunas canas, posiblemente
del estrés. Ojeras, muy oscuras, invadían las cuencas de sus ojos,
perdió mucho peso y cada vez estaba más transtornado.
Un
día, creyó tener la solución, y empezó un tercer retrato. A parte
de pintar con pinceles esta vez usó la mano también, algo muy poco
habitual en los pintos de renombre de la época. Usó toda clase de
utensilios, desde cubiertos hasta trozos de madera que encontraba en
el suelo, o piedras. Probó toda clase de óleos, de diferentes
composiciones, algunos incluso los fabricó él. Usó muchos tipos de
aguarrás y otros disolventes de pintura diferentes para ver si
mejoraba. Pero nada. Seguía sin tener esa esencia que él quería.
Le fallaba algo.
Tal
fue su frustación, su rabia, su odio, que una tarde, mientras estaba
pintando enfadadísimo consigo mismo y con lo que estaba pintando,
que Jasper el mayordomo se le acercó para traerle un te con pastas y
Baltasar se giró brutalmente y le asestó una puñalada con un
pincel. Se lo clavó en el brazo y empezó a sangrar. El pobre
mayordomo huyó despavorido, pero Baltasar ni se inmutó y siguió
pintando.
Jasper
le contó a los señores de la casa lo sucedido y ellos enseguida
fueron a pedirle explicaciones a Baltasar pero este les echó
enseguida del patio gritándoles: " FUERA!!, QUE NO VÉIS QUE
ESTOY PINTANDO? " Y ellos atemorizados se fueron.
Llamaron
a un médico para que viese el estado de su hijo. Sus hermanitos
también estaban preocupados por él. Una vez estaban jugando las
gemelas con Reynald en el patio cuando de repente Baltasar les tiró
una piedra y les ordenó que callasen y que guardaran silencio, que
no se concentraba.
El
médico no obtuvo mejor resultado que el pobre mayordomo. Baltasar lo
roció con aguarrás en la cara y el pobre casi pierde la vista.
Naturalmente no volvió a acercarse a la mansión Daddenville y
advirtió a los señores Beckett que su hijo se estaba volviendo loco
y que deberían internarlo en algun centro o habría una desgracia.
La pintura no le estaba haciendo ningún bien. Pero claro, como iban
los padres a privar a su hijo de su mayor afición, sería un
sacrilegio para él.
Baltasar
ya no iba a comer ni a cenar a la mesa con la familia. Ni iba a su
habitación para dormir. Seguía en el patio, las 24 horas de cada
día, en su silla, observando el cuadro. Sin saber qué podía
mejorarle. No veía ninguna posibilidad. Se estaba volviendo loco
buscando posibles soluciones y mejoras y no las encontraba. "
¿Qué le pasa? ¿Por qué está tan.. vacío, tan inexpresivo? ¿Por
qué parece que esté muerto el retrato, por qué no tiene vida? ¿Qué
es lo que me falta? ¿Qué le falta a este cuadro para tenga vida
propia? "
Baltasar
le daba vueltas y más vueltas a esta cuestión que le quitaba el
sueño. Pero no hallaba la solución.
Los
Beckett ya apenas tenían relación su hijo, que estaba cada vez más
y más enfermo. A veces incluso Baltasar se paseaba por la casa, como
si estuviese sonámbulo, pero sin estarlo. Caminaba hablando solo.
Estaba pensativo, murmuraba para sí mismo posibles soluciones.
Parecía un alma en pena.
A
sus hermanitos el hecho de ver su hermano mayor paseándose como un
fantasma por los pasillos del caserón les asustaba y mucho. Cada vez
que se acostaban cerraban la puerta con llave por dentro por si acaso
a Baltasar se le ocurría entrar a su habitación a decirles o
hacerles algo. Ya no se sentían seguros con su hermano. El cuadro le
estaba transtornando y enfermando gravemente.
Los
señores de la casa conscientes de este hecho intentaron internar a
Baltasar en algun centro pero fue inútil y recibieron duras
reprimendas por parte del hijo, golpeando y abofeteando a su padre
cuando intentaba cogerlo para llevarlo con los médicos. También los
atacó verbalmente, diciendo que los únicos locos eran ellos.
La
situación estaba descontrolada. La idea del cuadro perfecto, de la
obra perfecta de Baltasar le sobrepasaba. Estaba demacrado. Tenía
muy mal aspecto. Despeinado, sin afeitar, ojeras, pintura por la cara
y por los brazos, tenía muy mala higiene. No se lavaba desde hacía
meses, concretamente desde que empezó este tercer cuadro. Había
perdido más de 10kg y su salud se resentía. Tosía mucho, y a veces
le costaba caminar. Cuando hacía sus paseos nocturos por el caserón
se notaba esta dolencia al caminar porque arrastraba muchos los pies.
A veces incluso cojeaba.
Una
de esas noches en las que Baltasar se quedaba en vela observando el
cuadro y pensando algo extraño pasó. Escuchó voces. No sabía de
dónde provenían. " ¿Quieres saber qué te falta? ¿Quieres
saber qué le falta al cuadro? ". Se giraba asustado y
miraba de derecha a izquierda pero no veía a nadie. ¿De dónde
provenían esas voces? Se preguntaba.
"
Sabes que quieres saberlo. Lo necesitas. ¿Sabes qué es lo que
necesitas?" Las voces no cesaban. ¿Se estaba volviendo
verdaderamente loco? Pensaba Baltasar. De repente, las voces, le
chillaron al oído, taladrándole con sus gritos " ¡SANGRE!
¡SANGRE! " .
Baltasar
se cayó para atrás de la silla. Lo vio todo claro. SANGRE. Era la
clave. Los árboles tenían savia que les daba vida, las personas
bombeábamos sangre que nos daba vida... por tanto, su cuadro
necesitaba estar impregnado de sangre! Sangre de los integrantes
retratados en el cuadro. Sangre que le diese la vida, la expresividad
que les faltaba.
Baltasar
ya lo tenía claro. Cogió el lienzo que tenía empezado y lo quemó.
Necesitaba empezar de nuevo.
Una
humareda negra enorme salió del patio de la mansión de Daddenville.
En el cielo formó un nubarrón muy denso, de ceniza que fue
obteniendo la forma de un cráneo demoníaco. Parecía como si el
mismo demonio se le hubiese aparecido en forma de voces a Baltasar.
De ese nubarrón empezó a llover. Era una lluvia negra, lluvia
oscura, lluvia sucia. De muerte. Quizá presagiando lo que iba a
acontecer en aquel caserón.
Baltasar,
completamente mojado, sucio de la lluvia, y con ese aspecto demacrado
que había cosechado durante esos largos meses de pintura, aun
parecía más psicótico y maníaco. Era demencial su aspecto. Ojos
inyectados en sangre de todo el cansancio y el esfuerzo puesto en
trabajo. De días en vela. Ojeras muy muy pronunciadas. La cara
chupada, barba de días sin asearse, pelo mojado y completamente
despeinado.
Algo
le hizo pensar en el armario del ático. ¿Por qué? No lo sabía,
pero se dirigió al despacho de su padre, a oscuras y en silencio,
para no despertar a la familia Beckett y a los criados. Caminaba
lento, pero decidido. Entró en el despacho, amplio, y muy oscuro. No
encendió ninguna vela. Abrió los cajones son sigilo y cogió una
llave, muy vieja y anticuada. Sabía que era la llave del armario.
Algo en su interior de lo decía.
Subió
a la segunda planta, pasando por delante de las habitaciones de sus
hermanos pequeños y se dirigió a las escaleras que subían al
ático. Estaba completamente a oscuras. Solo había una pequeña
ventana por la que entraba la luz de la luna. Ya no llovía con tanta
intensidad. Baltasar vio el armario, frente a sus ojosy caminó hacia
él y sacó la llave del bolsillo de su chaqueta. La insertó en la
ranura y encajaba perfectamente. Abrió el armario.
Ante
sus ojos vio ni más ni menos que la escopeta de caza de su padre.
Eso era por lo que nadie quería que se acercase al armario, por si
los niños jugueteaban con ella o algo y ocurría una desgracia.
Baltasar
cogió la escopeta. Sabía perfectamente lo que tenía que hacer.
Bajó los escalones poco a poco. Despacio. No había prisa. Llegó al
segundo piso. Atravesó el umbral del pasillo y entró en la
habitación de sus hermanas Jody y Ambrosia. Fueron las primeras en
correr la trágica suerte que Baltasar había escuchado en su cabeza
por esas horripilantes voces. Disparó sin pensar. Tenían 13 años.
Acabó con ellas. Dormían y no se enteraron. Todas las colchas y las
almohadas quedaron empapadas de sangre, muy roja. Fue un disparo seco
y certero, no en balde su padre le había dado clases de caza, pero
él nunca había sabido donde guardaba el arma, hasta esa noche. Esos
disparos despertaron al pobre Reynald que dormía en la habitación
contigua. Poco más pudo hacer que llorar y llorar. Intentó correr
por la habitación, pero su hermano lo atajó en seco de un disparo
en la cabeza. Tenía 8 años. Murió en el acto. Su sangre manchó
todas las paredes estampadas de flores. Ya usaría esa sangre luego.
Había tiempo.
Los
señores Beckett se despertaron sobresaltados al oir ese disparo. Se
levantaron aterrados y salieron de la habitación para subir al piso
de arriba de donde provenía el disparo pero nunca llegarían a subir
arriba. Baltasar Beckett se los encontró subiendo las escaleras. Sin
titubear apretó el gatillo y disparó a su padre en el pecho,
hiriéndolo de muerte. Cayó rodando escaleras abajo, partiéndose
posteriormente el cuello. Seguidamente disparó a su madre en el
estómago, y también cayó escaleras abajo, pero no murió...seguía
jadeando. Baltasar bajó las escaleras poco a poco hasta el rellano
del primer piso. Se había manchado toda la camisa y la chaqueta de
sangre. Sangre que no podría usar, pero no le preocupaba, tenía de
sobra.
Llegó
a donde estaba su madre, tendida en el suelo. Se agachó y la besó
en la frente. Después le dijo: " Madre, váis a tener en casa
el mejor óleo jamás pintado, estarás orgullosa de mí, como
también lo estaría padre " . Después de esto volvió a
apretar el gatillo, disparando al corazón y dando muerte a su
progenitora.
Ese
último disparo ya alertó del todo a los sirvientes y al mayordomo.
Creían estar soñando cuando escucharon los otros disparos, pero ese
último los despertó de verdad. Cuando se acercaron a ver qué
pasaba, Baltasar fue disparándoles uno a uno y acabando con ellos.
Eso no entraba en sus planes, pero no quería que nadie se
entrometiese. Se puso en el pasillo que iba desde la parte central
del caserón a la cocina y a las habitaciones del servicio y poco los
fue matando. Cocineros, sirvientas, el mayordomo... todos.
En
la madrugada de aquella fatídica noche Baltasar Beckett había
acabado con toda su familia y con toda persona viviente en la casa.
Todos muertos, ni uno solo vivo. Consciente de que cuanto más tiempo
pasase, menos frescos estarían, se apresuró a coger calderos de la
dispensa y a ir uno a uno, miembro a miembro de la familia de los
Beckett recogiendo su sangre y etiquetándola para saber luego
diferenciarla. Escurrió las sábanas de las gemelas, y también les
cortó un poco el estómago para que soltasen más sangre. A su
hermano Reynald le limpió las paredes con un trapo y lo escurrió.
Luego también recogió algo más de la sangre que brotaba de su
joven cabeza. Al señor Beckett le cortó el cuello para obtener más
sangre y a su madre también le hizo lo mismo, además de también
cortarle un brazo porque ya había perdido mucha sangre tras el
primer disparo.
Tras
toda esta ceremonia sangrienta, demoníaca, demencial, sectaria,
completamente catastrófica, al final de la noche tenía 5 calderos
llenos de sangre, cada uno con su respectiva etiqueta: William,
Afroditta, Ambrosia, Jody y Reynald.
Estaba
amaneciendo, debía apresurarse. Arrastró todos y cada uno de los
cuerpos de los miembros de su familia y los cuerpos del servicio al
patio de detrás, más allá del laberinto y los roció con
combustible. Encendió un cigarrillo y la cerilla la tiró al
montículo de cuerpos, que prendieron con rapidez. Baltasar estaba
tranquilo, ya tenía la solución. Pero no para lo que luego le
sucedería, la solución para su propia demencia.
Los
cuerpos ardieron y en cuestión de una hora, justo cuando amanecía,
todos estaban ya calcinados y no quedaban vestigios de lo que un día
fueron... su familia y su servicio.
Baltasar
se sentó otra vez en la silla del patio, cansado, extasiado, pero
consciente de lo que había hecho y lo que haría. Estuvo 2 horas
sentado. Mirando al frente. Pensativo, absorto mirando la maleza.
Era tétrico verle así. Daba auténtico pavor. Los voces se habían
acallado. Iba por el camino correcto.
Ya
de día, más despejado, se dispuso a pintar el tan ansiado óleo que
le había tenido en vilo medio año. Esta vez el procedimiento fue
diferente. Mezcló los colores con la sangre de cada uno de los
integrantes de la familia Beckett y los fue retratando uno a uno.
Cada color salía con una tonalidad algo rojiza, de la sangre,
dotando a todo el conjunto de tonos asalmonados. Apagados, rojizos,
oscuros, sucios, de sangre. Todas y cada una de las pinceladas estaba
inyecta en sangre. Baltasar sonreía. Estaba contento con lo que
estaba haciendo. Puede que fuese la primera vez. Con cada pincelada
más agresividad ponía. De cada trazo, al alejar el pincel, una gota
de sangre se escurría por el lienzo como si de aguarrás se tratase.
Utilizó los 5 calderos, uno para miembro de la familia.
Luego
llegó el turno de autorretratarse. Se subió la manga de la chaqueta
y con un cuchillo se dispuso a hacerse un corte profundo para pintar
con su sangre, pero su fuerza de voluntad no fue mayor y acabó no
haciéndolo. Se pintó de manera común.
Al
mes ya había terminado la obra. Se alejó, la miró, y una lágrima
le cayó por el ojo derecho. Había conseguido lo que él quería. El
óleo perfecto, que vibrase, que expresase vida, que los retratados
de verdad pareciese que estuviesen vivos, y eso gracias a la
tonalidad de la sangre, a ese tono rojizo y apagado, que había
conseguido que todo pareciese muy vivo.
Por
primera vez estaba contento con lo que él había pintado. Un óleo
que de verdad se sintiese orgulloso de colgar. Y así lo hizo, lo
colocó en un marco y lo colgó en el salón principal del caserón.
El cuadro era de grandes dimensiones, 5 metros de ancho por 2 metros
de ancho. En él se veía a toda la familia de los Beckett, los
señores de la cara en el centro, y los hijos al lado. Baltasar y
Reynald al lado de su padre y las gemelas Ambrosia y Jody al lado de
su madre. Todos sonreían, excepto Baltasar, con mirada seria. Era
irónico que los que más vida cobrasen en el cuadro estuviesen
muertos.
Aquí
debería acabar la historia y la leyenda de Baltasar Beckett, el
pintor que acabó con toda su familia para pintar un óleo con la
sangre de éstos para así pintar el mejor cuadro de la historia del
arte de todo el mundo. O eso creía.
Baltasar
ya no pudo dormir bien desde aquella fatídica noche y ya no pudo
pegar ojo desde que colgó el cuadro, y no lo haría jamás, hasta el
fin de sus días. Cada noche era un tormento. Estaba solo en la
casa, pero escuchaba ruidos, golpes, pasos, incluso algunas leves
voces inaudibles que no sabía de dónde procedían. Baltasar creía
que eran fruto de su subconsciente, empezaba a creer que todo aquello
le había vuelto de verdad loco, demente.
Había
pasado una semana desde que había colgado el cuadro y nada
funcionaba bien en la casa. El perro Cóndor se escapó para no
volver, las plantas, los jardines, empezaban a secar y a morir. Las
velas se apagaban solas, sin haber siquiera una pequeña brisa. Algo
ocurría. Toda la casa estaba repleta de una aura de negativismo y de
oscuridad. Baltasar lo notaba. Tenía frío constantemente, más del
que siempre se había tenido por aquel caserón. A veces creía vivir
en un glaciar. Ni todas las mantas del mundo lo repelían del frío.
Un
día estaba paseando con las mantas puestas por la casa cuando lo
vio. Vio su cuadro y se aterró. Del cuadro se desprendían
chorretones de sangre que caían por las paredes y formaban charcos y
regueros de sangre en el suelo. Esos chorros de sangre tenían su
origen en la cuenca de los ojos de todos los Beckett excepto de
Baltasar. Todos lloraban sangre excepto el primogénito. Baltasar se
asustó muchísimo hasta el punto de no saber el por qué de tal
suceso. Pero no solo se dio en el cuadro, todas las fotografías
familiares de los Beckett empezaron a sangrar por sus ojos. Era una
verdadera pesadilla, toda la casa se estaba llenando de sangre de las
fotografías y los cuadros de la familia. Y eso sería el primero de
los muchos hechos terroríficos que le acontecerían a Baltasar
Beckett hasta el fin de su vida.
Por
las noches desde su habitación escuchaba pasos, correteando por la
planta de arriba. Temía subir. Se escuchaba también como botaba una
pelota y rebotaba contra la pared. Una noche se atrevió a subir,
aunque sabía que no debía haberlo hecho. Los ruidos provenían de
la habitación de sus hermanos, abrió la puerta y ante él encontró
las figuras erguidas de sus hermanas gemelas. Estaban cogidas de la
mano. Blancas, muy blancas, muy pálidas, ojos en blanco, y con
sendos agujeros en la barriga, que aun goteaban sangre. Al verlo, las
hermanas sonrieron, chillaron y arremetieron contra él atravesándolo
con su cuerpo incorpóreo, hasta que desaparecieron. Estuvo apunto de
desmayarse y de entrar en shock, no creía lo que estaba viendo. Una
pelota le rebotó y le cayó en los pies, y cuando fue a cogerla algo
se le adelantó, alargó el brazo y la cogió. Baltasar alzó la
cabeza para verlo y quedó horrorizado. Era Reynald, su hermanito
pequeño, de un color azuláceo y lo más horroroso de todo: Tenía
un enorme agujero en la cabeza, concretamente en el ojo izquierdo. De
ahí le fluía sangre que se evaporaba poco a poco. Al ver a Baltasar
rió y salió correteando con la pelota hasta su habitación, y la
puerta se cerró de golpe sin tocarla.
Baltasar
estaba catatónico, conmocionado. Solo le salió huir despavorido de
la habitación escaleras abajo. Para su desgracia frente de las
escaleras de la primera planta encontró a los cuerpos de sus padres.
Estaban de pie, observándolo. Su padre sangraba desde un agujero en
el corazón y su madre tenía un agujero en el estómago y en el
pecho. La sangre se evaporaba y no llegaba al suelo. Le estaban
sonriendo. Era una sonrisa macabra, como la de las gemelas y su
hermano pequeño. Corrió sin mirar y los atravesó, evaporándose
éstos. Al correr sin mirar tropezó y cayó escaleras abajo hasta
llegar a la planta baja. Cayó en la entrada principal. Cuando se
intentó levantar se giró hasta el salón y allí vio otra imagen
aterradora: Toda su familia estaba sentaba en los sillones... su
padre, su madre, sus hermanas y su hermanito. Detrás de ellos el
enorme óleo que había pintado Baltasar se había convertido en una
cascada que escupía sangre. Ya no había nada pintado, solo estaba
el marco apaisado del que brotaba muchísima sangre. Los Beckett se
giraron ante Baltasar que ya se había levantado del suelo, y
sonrieron.
Baltasar
huyó de la escena por el pasillo que se adentraba la cocina. Estaba
completamente aterrado, tanto, que su corazón le latía a 1000
pulsaciones. Se dirigió a la cocina, pero su sorpresa fue aun peor
cuando también encontró a todo el servicio, allí, enfrente de él,
agujereados y sangrando incorpóreamente. Baltasar no pudo con el
terror que se le venía encima, se subió a la torre del reloj desde
la cocina, y sin pensárselo dos veces con la cuerda de la campana se
ahorcó lanzándose desde la torre y muriendo al acto. Sonaron las
campanas a las 4:13 de la madrugada.
Y
aquí sí que acaba la leyenda de Baltasar Beckett y de los Beckett.
La mansión Daddenville pasó a llamarse popularmente por la gente de
la región como la mansión Ghostville, donde se decía que estaba
habitada por más de 8 fantasmas. Muchos nuevos inquilinos intentaron
habitarla sin demasiado éxito. A los pocos días huían despavoridos
del caserón. Los rumores contaban que todas las noches se repetía
la misma escena, día sí y día también. Por la noche, en el piso
tercero dos niñas exactamente iguales se aparecían y jugueteaban.
Si te veían te sonreían. Un niño pequeño te lanzaba una pelota y
luego la recogía, sonriéndote, y en el piso segundo una pareja de
mediana edad se te quedaba mirando plantada en las escaleras y te
sonreían. Todos ellos decían que tenían como agujeros de los
cuales brotaba una sangre que se evaporaba antes de tocar el suelo.
Además los cuchillos y todos los utensilios de cocina se movían y
aparecían extrañas sombras en ella. Además, a las 4:13 de la
madrugada todas las noches una extraña silueta saltaba al vacío
ahorcándose y las campanas sonaban. Por último los cuadros y
fotografías que los nuevos inquilinos ponían en la Mansión
Daddenville empezaban a sangrar y a brotarles sangre de los ojos.
Ésta
es la historia de los Beckett y de Daddenville.
Las
leyendas cuentan que un pintor loco mató a toda su familia y usó su
sangre para pintar un retrato un autorretrato de todos. Luego se
empezó a volver más y más loco y empezó a ver los fantasmas de
todos sus familiares y los del servicio, que él mismo también mató,
y finalmente se ahorcó desde lo alto de la torre.
Las
leyendas cuentan que todo nuevo inquilino ha sufrido la aparición,
repetida cada noche, de todos los fantasmas de la casa y también han
sufrido lo de los cuadros que sangraban solos. De ahí que
popularmente la mansión pasase a llamarse Ghostville.
¿Leyendas
o hechos históricos? , ¿Casos reales o mitos inventados por el
pueblo para asustar a los niños? Juzguen ustedes mismos.
Rubén Rico Miralles. Historias de terror escalofriantemente absurdas.


