martes, 3 de julio de 2012

ÓLEOS DE SANGRE

¿Qué son las leyendas? ¿Qué las ocasiona? ¿Cómo surgen? ¿Quién las cuenta? ¿Cómo se transmiten?

Las leyendas son hechos, historias, a menudo ficticias, sobre hechos sobrenaturales que se transmiten de generación en generación. Normalmente tienen su ubicación en un tiempo y en un lugar conocidos por todos, lo que les aporta verosimilitud.
Sin ir más lejos, las leyendas son sólo eso, leyendas. Hechos ficticios... o no.
Muchas leyendas que se han ido transmitiendo de generación en generación ocurrieron de verdad, solo que se quisieron ocultar y las quisieron transformar en un mito, para que la sociedad no entrara en pánico o se conmocionara. Si se hubiese sabido que esos hechos que contaban las leyendas habían ocurrido de verdad y que podían estar tan cerca de nosotros, seguramente no hubiésemos podido soportalo ni aprender a sobrellevarlo.

Ejemplos de estas leyendas son la familia de caníbales de Texas, que allá por los 70 se dedicó a raptar jóvenes y a convertirlos en sus títeres de juegos y acciones macabras... la leyenda de aquel niño que se ahogó en un campamento y que regresó a la vida después de la muerte de su madre, para vengarse de todos los campistas, también por la época de los 70... o aquella leyenda del vídeo que al reproducirlo morías a la semana por un extraño ente sobrenatural, una niña de un pozo.
Esta leyenda ya era más moderna pero también cierta, como todas.

Lo que pasó fue que la sociedad quiso ocultarlas bajo el manto de "LEYENDA". Y es que, el término leyenda no es más que una mera falacia para esconder lo que una vez pasó de verdad y que nosotros quisimos olvidar.

Y dicho esto, sin más preámbulos, me dispongo a contar la leyenda de los Beckett y en especial, de Baltasar Beckett, un hombre obsesionado con pintar el mejor óleo de la historia del arte, un óleo que de verdad transmitiese emociones, sentimientos... un óleo que de verdad transmitiese vida.


Inglaterra. Londres. Año 1850.


Los Beckett eran una adinerada familia, muy acomodada dentro del seno de la burguesía y la aristocracia inglesa que vivía a las afueras de la ciudad londinense en la mansión de Daddenville, una lujosa construcción de más 100 años de antigüedad. Se tenían documentos de ella del 1734, pero se conocía que era aun más antigua y que había pasado de generación en generación de los Beckett, albergando allí a más de 8 generaciones.

La construcción la presidía una solitaria torre de piedra a modo de minarete, con un gran reloj y unas campanas en su parte superior que sonaban cada hora. Mediante esta torre se daba paso al cuerpo de la Mansión, de más de 3 plantas de altura, con amplios ventanales y portones en la planta baja. De este cuerpo pasaba al edificio central, presidido por dos torres más altas, esta vez acabadas en un tejado picudo de tejas negras. Estas dos torres también tenían ventales, más amplios que los anteriores, algunos tapados incluso por secas enredaderas que llegaban desde abajo hasta la cúspide de cada torre. Dos chimeneas se alzaban en la parte superior del tejado, todo el día echando humo para calentar el frío caserón. El portón principal que daba entrada a la casa era enorme, de madera oscura y vieja. Tenía una enorme aldaba de plata para llamar a la puerta. Dos gárgolas custodiaban la entrada en la parte adintelada del portón.

La mansión tenía un amplio jardín de verde vegetación con arbustos y árboles pequeños podados creando formas animalizadas. Allí los niños jugaban. Los más pequeños de los Beckett.
En la parte trasera de la casa había un porche de hierro con enredaderas cubriéndolo y dando cobijo a un banco que se balanceaba. Allí la señora de la casa, Afroditta Beckett proseguía con sus lecturas. Le encantaba leer. También en ese porche Baltasar pintaba. De ahí se daba paso a un laberinto pequeño de abetos donde los niños empleaban también sus tardes y jugaban con el perro, Cóndor, un pastor alemán de pura raza.

Si la mansión derrochaba lujosidad, fastuosidad y clase en su exterior, en su interior no iba a ser menos. Réplicas de estatuarias griegas, óleos pintados por el primogénito de los Beckett, sillones, cristalerías y muebles de caoba junto a otro mueblario de bronce y piedra de color negro azabache la decoraban y la amueblaban. En la planta baja, en la parte del minarete estaba la cocina y los aposentos de los sirvientes, tres cocineros y cuatro sirvientas. Y luego a un lado, por separado, la habitación de Jasper, el mayordomo de la casa. Al minarete sólo se subía a dar las campanadas de cada hora por unas estrechas escaleras de caracol.

En la parte central de la casa se hallaba en enorme salón que daba a la chimenea, con grandes sillones y sofás y un piano al fondo. Arriba en el techo abovedado había una gran lámpara de araña con pedrería. Estaba muy bien iluminado por cuatro ventanales que daban al jardín. Este salón desembocaba en un pasillo corto que daba al portón principal, al que estaba comunicado directamente. Nada más entrabas por el portón y dejabas los chaquetones y demás complementos en la percha del recibidor llegabas al amplio salón, a mano derecha. A mano izquierda tenías un corredor con estátuas clásicas y con enormes vidrieras que lo dejaban todo muy bien iluminado. Este corredor te llevaba a la cocina y a los dormitorios anteriormente mencionados del servicio. En frente de la puerta teníamos la gran escalera que te llevaba al piso de arriba. A mano derecha estaba el amplio salón - comedor donde solían recibir los Beckett las visitas. Normalmente el señor Beckett pasaba allí sus tardes fumando tabaco en pipa y leyendo el periódico. Sino, solía pasar las tardes encerrado en su despacho, en la planta de arriba.

La planta de arriba básicamente se resumía en el amplio despacho de William Wilfrick Beckett, el cabeza de familia. Era un hombre alto, de 49 años de edad. Lucía un gran bigote y largas patillas que le cubrían los laterales de la cara. Tenía poco pelo, pero el que le quedaba lo ataba con una sutil coleta. Siempre vestía trajes elegantes de color negro y siempre estaba fumando de su pipa. Siempre se quejaba de que algun día el tabaco acabaría con él, pero nunca dejaba de fumar, decía que le tranquilizaba. Aparte del despacho, en la pimera planta también estaba su dormitorio y el dormitorio de Baltasar.

El señor Beckett trabajaba en el transporte internacional. Dirigía una empresa de transportes de mercancías desde Londres hasta Norteamérica lo cual le hacía pasar muchas tardes encerrado en su despacho con todo el papeleo que conllevaba y buscando nuevas rutas. Como era normal compartía dormitorio con su mujer, la Sra. Beckett. Afroditta Beckett tenía 46 años, pero aun salvaguardaba un brillo de juventud en sus ojos. Los años la habían tratado bien. Tenía una larga cabellera rubia ataba con una trenza. Sus ojos eran verdes cristalinos como el mismo mar. Siempre vestía largos vestidos de colores claros. Era muy alegre. Su dormitorio era muy amplio, con un gran cama acolchada de algodón y tela muy fina. Justo encima de la cama había un retrato de ellos dos hecho por su hijo. A los sres. les gustaba mucho pero a Baltasar no le convencía demasiado. Siempre decía que le faltaba algo. Su dormitorio tenía también un baño al que se accedía por una puerta situada enfrente de la cama. A la derecha de esta puerta había un enorme ventanal con una butaca de terciopelo para sentarse a observar el paisaje. Desde allí se veían los jardines y la señora Beckett podía vigilar a sus hijos por si hacían alguna trastada.

El dormitorio de Baltasar Beckett esta situado al lado del de sus padres, pero a diferencia del de ellos el suyo no era ni la mitad de grande. Tenía un detalle muy peculiar: Pese a ser Baltasar un gran pintor, en su habitación no había ningún cuadro suyo decorándola. No quería tener sus obras delante. Decía que no había hecho pinturas lo suficientemente buenas como para ser colgadas en su dormitorio. Baltasar era un chico aparentemente normal, joven, alto, de complexión fuerte y moreno como su padre. Cuando se ponía a pintar algo cambiaba en él. Se tornaba oscuro, sombrío. Se enfadaba muchísimo consigo mísmo cuando no conseguía lo que él se proponía. Se enfadaba también mucho con sus hermanos si le molestaban pintando o con los sirvientes si le interrumpían en su obra, a los que llegó a lanzarles pinceles, pinturas, platos y todo lo que tenía a mano. Era muy exigente consigo mismo y si no le salían las cosas, sus rabietas las pagaba con la gente que tenía alrededor.

De la primera planta había otras escaleras al final del pasillo, al lado de la habitación de Baltasar, que te conducían a la segunda planta donde estaban los dormitorio de los niños de la casa: Jody Beckett, Ambrosia Beckett y Reynald Beckett.

Baltasar era el primogénito, el hijo mayor de la familia. Tenía 25 años. Después le siguieron Jody y Ambrosia, gemelas de 13 años, rubias como su madre, y de aspecto angelical. Eran muy dulces y siempre andaban correteando por Daddenville jugando con su hermanito. Compartían habitación, toda llena de muñecas peluches y demás juguetes.

El más pequeño era Reynald, el último en llegar al mundo. Sólo tenía 8 años, era moreno también como todos los varones Beckett y siempre decían que se parecía mucho a Baltasar cuando era pequeño, pero sin el don de artes ni el mal genio. Su habitación estaba contigua a la de sus hermanas. Igual que la de ellas estaba llena de muñecos, payasos, títeres, cochecitos y un balancín de un caballito. Le encantaba ese balancín.

Después de las habitaciones de los niños había una pequeña escalera que conducía a la tercera y última planta, donde estaba el ático. Allí sólo había trastos, ropas viejas, muchas cajas olvidadas y dejadas al amparo del tiempo, muchas telarañas, ratas y demás entes ajenos a los propietarios de la casa... También había un gran armario, muy viejo, de estilo barroco. Estaba cerrado bajo llave. El señor Beckett, que guardaba la llave en su despacho, les tenía prohibido acercarse a ese armario. Les decía a los más niños que había monstruos en él para que no se acercasen. A Baltasar simplemente le decía que eran cosas suyas las que había ahí dentro y que nadie debía inmiscuirse.


Baltasar tenía una idea entre ceja y ceja. Quería retratar a toda su familia para colgar ese lienzo en el Salón de la casa a modo de bienvenida y así todos los invitados lo viesen y quedasen perplejos ante tal maestría y dominio de la pintura.

Los Beckett querían tener el autorretrato de la familia colgado en el salón, ya que era todo un valuarte de prestigio. Le comentaron a Baltasar si quería que contratasen a un pintor de mucho renombre de la ciudad para que pintase la obra y así saliese también él en ella. Baltasar se negó rotundamente. Le parecía un insulto que teniendo un pintor en la familia se contratase a otro para realizar un autorretrato de todos.
Así que contrataron al mejor fotógrafo de Londres para que les hiciese una foto y así Baltasar a partir de ella pudiese empezar su obra. Baltasar prefería pintar del natural, pero al tener que salir en el lienzo por ser miembro de la familia se tuvo que recurrir a la fotografía. Así se contentaba también al primogénito, pues puso una cara de asco y de furia la vez que le dijeron lo de contratar a otro pintor para realizar la obra... su mirada tenía tanto reproche, era tan penetrante que podía fulminar a todo cuanto miraba.
Sus padres se dieron cuenta enseguida y accedieron a lo de la foto.
A su vez también era un reto personal para Baltasar, pues nunca había pintado de foto, y menos si ésta estaba en blanco y negro y sus intenciones era de hacer un autorretrato de la familia a color. Era todo un reto personal y Baltasar le tenía muchas ganas. Pensaba que esa debía ser su obra maestra, la obra que de verdad mereciese estar colgada en todo lo algo de la pared del Salón. Pensaba que con ella podría conseguir por fin eso que le fallaba en todos sus anteriores cuadros. Ese toque de vivacidad, de sentimiento, de naturalidad, de vibración, de vida misma.

Llegó el ansiado día de empezar la obra. Colocó el lienzo en el patio de atrás que daba al laberinto de abetos y se puso a pintar. Pinceladas agresivas, pero calculadas, toques de color de punta a punta del lienzo, primero pintó a Afroddita, luego al Sr. William, sus hermanas y hermano pequeños y luego a él. Tardó un mes en hacerlo. Todos los días de sol a sol pintaba. Todo el mundo tenía prohibido acercársele, por petición del propio Baltasar.

Cuando lo terminó, se alejó para observarlo. Sonrió, y con un cuchillo desgarró completamente la tela destrozando el cuadro. Luego lanzó maldiciones al aire por su descontento con el resultado. Los Srs. Beckett lo oyeron desde el Salón, pero no hicieron reparo en su rabieta. Era ya muy típico en él.

A los pocos días empezó otro cuadro, y este no tuvo mejor resultado. Al acabarlo, esta vez en dos meses, el joven Baltasar lo roció con combustible y lo quemó. Los señores de la casa estaban cada vez más preocupados por su hijo mayor. Baltasar apenas, comía, ni se relacionaba, pasaba horas y horas en el jardín de atrás pensando en cómo podía mejorar el retrato, en cómo podía pintarlo mejor. Eso le quemaba por dentro. Fue empeorando. Su aspecto empezó a cambiar, parecía incluso más viejo. Le salieron algunas canas, posiblemente del estrés. Ojeras, muy oscuras, invadían las cuencas de sus ojos, perdió mucho peso y cada vez estaba más transtornado.

Un día, creyó tener la solución, y empezó un tercer retrato. A parte de pintar con pinceles esta vez usó la mano también, algo muy poco habitual en los pintos de renombre de la época. Usó toda clase de utensilios, desde cubiertos hasta trozos de madera que encontraba en el suelo, o piedras. Probó toda clase de óleos, de diferentes composiciones, algunos incluso los fabricó él. Usó muchos tipos de aguarrás y otros disolventes de pintura diferentes para ver si mejoraba. Pero nada. Seguía sin tener esa esencia que él quería. Le fallaba algo.
Tal fue su frustación, su rabia, su odio, que una tarde, mientras estaba pintando enfadadísimo consigo mismo y con lo que estaba pintando, que Jasper el mayordomo se le acercó para traerle un te con pastas y Baltasar se giró brutalmente y le asestó una puñalada con un pincel. Se lo clavó en el brazo y empezó a sangrar. El pobre mayordomo huyó despavorido, pero Baltasar ni se inmutó y siguió pintando.
Jasper le contó a los señores de la casa lo sucedido y ellos enseguida fueron a pedirle explicaciones a Baltasar pero este les echó enseguida del patio gritándoles: " FUERA!!, QUE NO VÉIS QUE ESTOY PINTANDO? " Y ellos atemorizados se fueron.

Llamaron a un médico para que viese el estado de su hijo. Sus hermanitos también estaban preocupados por él. Una vez estaban jugando las gemelas con Reynald en el patio cuando de repente Baltasar les tiró una piedra y les ordenó que callasen y que guardaran silencio, que no se concentraba.
El médico no obtuvo mejor resultado que el pobre mayordomo. Baltasar lo roció con aguarrás en la cara y el pobre casi pierde la vista. Naturalmente no volvió a acercarse a la mansión Daddenville y advirtió a los señores Beckett que su hijo se estaba volviendo loco y que deberían internarlo en algun centro o habría una desgracia. La pintura no le estaba haciendo ningún bien. Pero claro, como iban los padres a privar a su hijo de su mayor afición, sería un sacrilegio para él.

Baltasar ya no iba a comer ni a cenar a la mesa con la familia. Ni iba a su habitación para dormir. Seguía en el patio, las 24 horas de cada día, en su silla, observando el cuadro. Sin saber qué podía mejorarle. No veía ninguna posibilidad. Se estaba volviendo loco buscando posibles soluciones y mejoras y no las encontraba. " ¿Qué le pasa? ¿Por qué está tan.. vacío, tan inexpresivo? ¿Por qué parece que esté muerto el retrato, por qué no tiene vida? ¿Qué es lo que me falta? ¿Qué le falta a este cuadro para tenga vida propia? "

Baltasar le daba vueltas y más vueltas a esta cuestión que le quitaba el sueño. Pero no hallaba la solución.
Los Beckett ya apenas tenían relación su hijo, que estaba cada vez más y más enfermo. A veces incluso Baltasar se paseaba por la casa, como si estuviese sonámbulo, pero sin estarlo. Caminaba hablando solo. Estaba pensativo, murmuraba para sí mismo posibles soluciones. Parecía un alma en pena.
A sus hermanitos el hecho de ver su hermano mayor paseándose como un fantasma por los pasillos del caserón les asustaba y mucho. Cada vez que se acostaban cerraban la puerta con llave por dentro por si acaso a Baltasar se le ocurría entrar a su habitación a decirles o hacerles algo. Ya no se sentían seguros con su hermano. El cuadro le estaba transtornando y enfermando gravemente.

Los señores de la casa conscientes de este hecho intentaron internar a Baltasar en algun centro pero fue inútil y recibieron duras reprimendas por parte del hijo, golpeando y abofeteando a su padre cuando intentaba cogerlo para llevarlo con los médicos. También los atacó verbalmente, diciendo que los únicos locos eran ellos.

La situación estaba descontrolada. La idea del cuadro perfecto, de la obra perfecta de Baltasar le sobrepasaba. Estaba demacrado. Tenía muy mal aspecto. Despeinado, sin afeitar, ojeras, pintura por la cara y por los brazos, tenía muy mala higiene. No se lavaba desde hacía meses, concretamente desde que empezó este tercer cuadro. Había perdido más de 10kg y su salud se resentía. Tosía mucho, y a veces le costaba caminar. Cuando hacía sus paseos nocturos por el caserón se notaba esta dolencia al caminar porque arrastraba muchos los pies. A veces incluso cojeaba.

Una de esas noches en las que Baltasar se quedaba en vela observando el cuadro y pensando algo extraño pasó. Escuchó voces. No sabía de dónde provenían. " ¿Quieres saber qué te falta? ¿Quieres saber qué le falta al cuadro? ". Se giraba asustado y miraba de derecha a izquierda pero no veía a nadie. ¿De dónde provenían esas voces? Se preguntaba.

" Sabes que quieres saberlo. Lo necesitas. ¿Sabes qué es lo que necesitas?" Las voces no cesaban. ¿Se estaba volviendo verdaderamente loco? Pensaba Baltasar. De repente, las voces, le chillaron al oído, taladrándole con sus gritos " ¡SANGRE! ¡SANGRE! " .
Baltasar se cayó para atrás de la silla. Lo vio todo claro. SANGRE. Era la clave. Los árboles tenían savia que les daba vida, las personas bombeábamos sangre que nos daba vida... por tanto, su cuadro necesitaba estar impregnado de sangre! Sangre de los integrantes retratados en el cuadro. Sangre que le diese la vida, la expresividad que les faltaba.

Baltasar ya lo tenía claro. Cogió el lienzo que tenía empezado y lo quemó. Necesitaba empezar de nuevo.

Una humareda negra enorme salió del patio de la mansión de Daddenville. En el cielo formó un nubarrón muy denso, de ceniza que fue obteniendo la forma de un cráneo demoníaco. Parecía como si el mismo demonio se le hubiese aparecido en forma de voces a Baltasar. De ese nubarrón empezó a llover. Era una lluvia negra, lluvia oscura, lluvia sucia. De muerte. Quizá presagiando lo que iba a acontecer en aquel caserón.

Baltasar, completamente mojado, sucio de la lluvia, y con ese aspecto demacrado que había cosechado durante esos largos meses de pintura, aun parecía más psicótico y maníaco. Era demencial su aspecto. Ojos inyectados en sangre de todo el cansancio y el esfuerzo puesto en trabajo. De días en vela. Ojeras muy muy pronunciadas. La cara chupada, barba de días sin asearse, pelo mojado y completamente despeinado.

Algo le hizo pensar en el armario del ático. ¿Por qué? No lo sabía, pero se dirigió al despacho de su padre, a oscuras y en silencio, para no despertar a la familia Beckett y a los criados. Caminaba lento, pero decidido. Entró en el despacho, amplio, y muy oscuro. No encendió ninguna vela. Abrió los cajones son sigilo y cogió una llave, muy vieja y anticuada. Sabía que era la llave del armario. Algo en su interior de lo decía.

Subió a la segunda planta, pasando por delante de las habitaciones de sus hermanos pequeños y se dirigió a las escaleras que subían al ático. Estaba completamente a oscuras. Solo había una pequeña ventana por la que entraba la luz de la luna. Ya no llovía con tanta intensidad. Baltasar vio el armario, frente a sus ojosy caminó hacia él y sacó la llave del bolsillo de su chaqueta. La insertó en la ranura y encajaba perfectamente. Abrió el armario.
Ante sus ojos vio ni más ni menos que la escopeta de caza de su padre. Eso era por lo que nadie quería que se acercase al armario, por si los niños jugueteaban con ella o algo y ocurría una desgracia.
Baltasar cogió la escopeta. Sabía perfectamente lo que tenía que hacer. Bajó los escalones poco a poco. Despacio. No había prisa. Llegó al segundo piso. Atravesó el umbral del pasillo y entró en la habitación de sus hermanas Jody y Ambrosia. Fueron las primeras en correr la trágica suerte que Baltasar había escuchado en su cabeza por esas horripilantes voces. Disparó sin pensar. Tenían 13 años. Acabó con ellas. Dormían y no se enteraron. Todas las colchas y las almohadas quedaron empapadas de sangre, muy roja. Fue un disparo seco y certero, no en balde su padre le había dado clases de caza, pero él nunca había sabido donde guardaba el arma, hasta esa noche. Esos disparos despertaron al pobre Reynald que dormía en la habitación contigua. Poco más pudo hacer que llorar y llorar. Intentó correr por la habitación, pero su hermano lo atajó en seco de un disparo en la cabeza. Tenía 8 años. Murió en el acto. Su sangre manchó todas las paredes estampadas de flores. Ya usaría esa sangre luego. Había tiempo.
Los señores Beckett se despertaron sobresaltados al oir ese disparo. Se levantaron aterrados y salieron de la habitación para subir al piso de arriba de donde provenía el disparo pero nunca llegarían a subir arriba. Baltasar Beckett se los encontró subiendo las escaleras. Sin titubear apretó el gatillo y disparó a su padre en el pecho, hiriéndolo de muerte. Cayó rodando escaleras abajo, partiéndose posteriormente el cuello. Seguidamente disparó a su madre en el estómago, y también cayó escaleras abajo, pero no murió...seguía jadeando. Baltasar bajó las escaleras poco a poco hasta el rellano del primer piso. Se había manchado toda la camisa y la chaqueta de sangre. Sangre que no podría usar, pero no le preocupaba, tenía de sobra.
Llegó a donde estaba su madre, tendida en el suelo. Se agachó y la besó en la frente. Después le dijo: " Madre, váis a tener en casa el mejor óleo jamás pintado, estarás orgullosa de mí, como también lo estaría padre " . Después de esto volvió a apretar el gatillo, disparando al corazón y dando muerte a su progenitora.
Ese último disparo ya alertó del todo a los sirvientes y al mayordomo. Creían estar soñando cuando escucharon los otros disparos, pero ese último los despertó de verdad. Cuando se acercaron a ver qué pasaba, Baltasar fue disparándoles uno a uno y acabando con ellos. Eso no entraba en sus planes, pero no quería que nadie se entrometiese. Se puso en el pasillo que iba desde la parte central del caserón a la cocina y a las habitaciones del servicio y poco los fue matando. Cocineros, sirvientas, el mayordomo... todos.

En la madrugada de aquella fatídica noche Baltasar Beckett había acabado con toda su familia y con toda persona viviente en la casa. Todos muertos, ni uno solo vivo. Consciente de que cuanto más tiempo pasase, menos frescos estarían, se apresuró a coger calderos de la dispensa y a ir uno a uno, miembro a miembro de la familia de los Beckett recogiendo su sangre y etiquetándola para saber luego diferenciarla. Escurrió las sábanas de las gemelas, y también les cortó un poco el estómago para que soltasen más sangre. A su hermano Reynald le limpió las paredes con un trapo y lo escurrió. Luego también recogió algo más de la sangre que brotaba de su joven cabeza. Al señor Beckett le cortó el cuello para obtener más sangre y a su madre también le hizo lo mismo, además de también cortarle un brazo porque ya había perdido mucha sangre tras el primer disparo.

Tras toda esta ceremonia sangrienta, demoníaca, demencial, sectaria, completamente catastrófica, al final de la noche tenía 5 calderos llenos de sangre, cada uno con su respectiva etiqueta: William, Afroditta, Ambrosia, Jody y Reynald.

Estaba amaneciendo, debía apresurarse. Arrastró todos y cada uno de los cuerpos de los miembros de su familia y los cuerpos del servicio al patio de detrás, más allá del laberinto y los roció con combustible. Encendió un cigarrillo y la cerilla la tiró al montículo de cuerpos, que prendieron con rapidez. Baltasar estaba tranquilo, ya tenía la solución. Pero no para lo que luego le sucedería, la solución para su propia demencia.

Los cuerpos ardieron y en cuestión de una hora, justo cuando amanecía, todos estaban ya calcinados y no quedaban vestigios de lo que un día fueron... su familia y su servicio.

Baltasar se sentó otra vez en la silla del patio, cansado, extasiado, pero consciente de lo que había hecho y lo que haría. Estuvo 2 horas sentado. Mirando al frente. Pensativo, absorto mirando la maleza. Era tétrico verle así. Daba auténtico pavor. Los voces se habían acallado. Iba por el camino correcto.

Ya de día, más despejado, se dispuso a pintar el tan ansiado óleo que le había tenido en vilo medio año. Esta vez el procedimiento fue diferente. Mezcló los colores con la sangre de cada uno de los integrantes de la familia Beckett y los fue retratando uno a uno. Cada color salía con una tonalidad algo rojiza, de la sangre, dotando a todo el conjunto de tonos asalmonados. Apagados, rojizos, oscuros, sucios, de sangre. Todas y cada una de las pinceladas estaba inyecta en sangre. Baltasar sonreía. Estaba contento con lo que estaba haciendo. Puede que fuese la primera vez. Con cada pincelada más agresividad ponía. De cada trazo, al alejar el pincel, una gota de sangre se escurría por el lienzo como si de aguarrás se tratase. Utilizó los 5 calderos, uno para miembro de la familia.
Luego llegó el turno de autorretratarse. Se subió la manga de la chaqueta y con un cuchillo se dispuso a hacerse un corte profundo para pintar con su sangre, pero su fuerza de voluntad no fue mayor y acabó no haciéndolo. Se pintó de manera común.

Al mes ya había terminado la obra. Se alejó, la miró, y una lágrima le cayó por el ojo derecho. Había conseguido lo que él quería. El óleo perfecto, que vibrase, que expresase vida, que los retratados de verdad pareciese que estuviesen vivos, y eso gracias a la tonalidad de la sangre, a ese tono rojizo y apagado, que había conseguido que todo pareciese muy vivo.

Por primera vez estaba contento con lo que él había pintado. Un óleo que de verdad se sintiese orgulloso de colgar. Y así lo hizo, lo colocó en un marco y lo colgó en el salón principal del caserón. El cuadro era de grandes dimensiones, 5 metros de ancho por 2 metros de ancho. En él se veía a toda la familia de los Beckett, los señores de la cara en el centro, y los hijos al lado. Baltasar y Reynald al lado de su padre y las gemelas Ambrosia y Jody al lado de su madre. Todos sonreían, excepto Baltasar, con mirada seria. Era irónico que los que más vida cobrasen en el cuadro estuviesen muertos.

Aquí debería acabar la historia y la leyenda de Baltasar Beckett, el pintor que acabó con toda su familia para pintar un óleo con la sangre de éstos para así pintar el mejor cuadro de la historia del arte de todo el mundo. O eso creía.

Baltasar ya no pudo dormir bien desde aquella fatídica noche y ya no pudo pegar ojo desde que colgó el cuadro, y no lo haría jamás, hasta el fin de sus días. Cada noche era un tormento. Estaba solo en la casa, pero escuchaba ruidos, golpes, pasos, incluso algunas leves voces inaudibles que no sabía de dónde procedían. Baltasar creía que eran fruto de su subconsciente, empezaba a creer que todo aquello le había vuelto de verdad loco, demente.

Había pasado una semana desde que había colgado el cuadro y nada funcionaba bien en la casa. El perro Cóndor se escapó para no volver, las plantas, los jardines, empezaban a secar y a morir. Las velas se apagaban solas, sin haber siquiera una pequeña brisa. Algo ocurría. Toda la casa estaba repleta de una aura de negativismo y de oscuridad. Baltasar lo notaba. Tenía frío constantemente, más del que siempre se había tenido por aquel caserón. A veces creía vivir en un glaciar. Ni todas las mantas del mundo lo repelían del frío.
Un día estaba paseando con las mantas puestas por la casa cuando lo vio. Vio su cuadro y se aterró. Del cuadro se desprendían chorretones de sangre que caían por las paredes y formaban charcos y regueros de sangre en el suelo. Esos chorros de sangre tenían su origen en la cuenca de los ojos de todos los Beckett excepto de Baltasar. Todos lloraban sangre excepto el primogénito. Baltasar se asustó muchísimo hasta el punto de no saber el por qué de tal suceso. Pero no solo se dio en el cuadro, todas las fotografías familiares de los Beckett empezaron a sangrar por sus ojos. Era una verdadera pesadilla, toda la casa se estaba llenando de sangre de las fotografías y los cuadros de la familia. Y eso sería el primero de los muchos hechos terroríficos que le acontecerían a Baltasar Beckett hasta el fin de su vida.

Por las noches desde su habitación escuchaba pasos, correteando por la planta de arriba. Temía subir. Se escuchaba también como botaba una pelota y rebotaba contra la pared. Una noche se atrevió a subir, aunque sabía que no debía haberlo hecho. Los ruidos provenían de la habitación de sus hermanos, abrió la puerta y ante él encontró las figuras erguidas de sus hermanas gemelas. Estaban cogidas de la mano. Blancas, muy blancas, muy pálidas, ojos en blanco, y con sendos agujeros en la barriga, que aun goteaban sangre. Al verlo, las hermanas sonrieron, chillaron y arremetieron contra él atravesándolo con su cuerpo incorpóreo, hasta que desaparecieron. Estuvo apunto de desmayarse y de entrar en shock, no creía lo que estaba viendo. Una pelota le rebotó y le cayó en los pies, y cuando fue a cogerla algo se le adelantó, alargó el brazo y la cogió. Baltasar alzó la cabeza para verlo y quedó horrorizado. Era Reynald, su hermanito pequeño, de un color azuláceo y lo más horroroso de todo: Tenía un enorme agujero en la cabeza, concretamente en el ojo izquierdo. De ahí le fluía sangre que se evaporaba poco a poco. Al ver a Baltasar rió y salió correteando con la pelota hasta su habitación, y la puerta se cerró de golpe sin tocarla.

Baltasar estaba catatónico, conmocionado. Solo le salió huir despavorido de la habitación escaleras abajo. Para su desgracia frente de las escaleras de la primera planta encontró a los cuerpos de sus padres. Estaban de pie, observándolo. Su padre sangraba desde un agujero en el corazón y su madre tenía un agujero en el estómago y en el pecho. La sangre se evaporaba y no llegaba al suelo. Le estaban sonriendo. Era una sonrisa macabra, como la de las gemelas y su hermano pequeño. Corrió sin mirar y los atravesó, evaporándose éstos. Al correr sin mirar tropezó y cayó escaleras abajo hasta llegar a la planta baja. Cayó en la entrada principal. Cuando se intentó levantar se giró hasta el salón y allí vio otra imagen aterradora: Toda su familia estaba sentaba en los sillones... su padre, su madre, sus hermanas y su hermanito. Detrás de ellos el enorme óleo que había pintado Baltasar se había convertido en una cascada que escupía sangre. Ya no había nada pintado, solo estaba el marco apaisado del que brotaba muchísima sangre. Los Beckett se giraron ante Baltasar que ya se había levantado del suelo, y sonrieron.
Baltasar huyó de la escena por el pasillo que se adentraba la cocina. Estaba completamente aterrado, tanto, que su corazón le latía a 1000 pulsaciones. Se dirigió a la cocina, pero su sorpresa fue aun peor cuando también encontró a todo el servicio, allí, enfrente de él, agujereados y sangrando incorpóreamente. Baltasar no pudo con el terror que se le venía encima, se subió a la torre del reloj desde la cocina, y sin pensárselo dos veces con la cuerda de la campana se ahorcó lanzándose desde la torre y muriendo al acto. Sonaron las campanas a las 4:13 de la madrugada.

Y aquí sí que acaba la leyenda de Baltasar Beckett y de los Beckett. La mansión Daddenville pasó a llamarse popularmente por la gente de la región como la mansión Ghostville, donde se decía que estaba habitada por más de 8 fantasmas. Muchos nuevos inquilinos intentaron habitarla sin demasiado éxito. A los pocos días huían despavoridos del caserón. Los rumores contaban que todas las noches se repetía la misma escena, día sí y día también. Por la noche, en el piso tercero dos niñas exactamente iguales se aparecían y jugueteaban. Si te veían te sonreían. Un niño pequeño te lanzaba una pelota y luego la recogía, sonriéndote, y en el piso segundo una pareja de mediana edad se te quedaba mirando plantada en las escaleras y te sonreían. Todos ellos decían que tenían como agujeros de los cuales brotaba una sangre que se evaporaba antes de tocar el suelo. Además los cuchillos y todos los utensilios de cocina se movían y aparecían extrañas sombras en ella. Además, a las 4:13 de la madrugada todas las noches una extraña silueta saltaba al vacío ahorcándose y las campanas sonaban. Por último los cuadros y fotografías que los nuevos inquilinos ponían en la Mansión Daddenville empezaban a sangrar y a brotarles sangre de los ojos.

Ésta es la historia de los Beckett y de Daddenville.
Las leyendas cuentan que un pintor loco mató a toda su familia y usó su sangre para pintar un retrato un autorretrato de todos. Luego se empezó a volver más y más loco y empezó a ver los fantasmas de todos sus familiares y los del servicio, que él mismo también mató, y finalmente se ahorcó desde lo alto de la torre.
Las leyendas cuentan que todo nuevo inquilino ha sufrido la aparición, repetida cada noche, de todos los fantasmas de la casa y también han sufrido lo de los cuadros que sangraban solos. De ahí que popularmente la mansión pasase a llamarse Ghostville.

¿Leyendas o hechos históricos? , ¿Casos reales o mitos inventados por el pueblo para asustar a los niños? Juzguen ustedes mismos.


Rubén Rico Miralles. Historias de terror escalofriantemente absurdas.
 

jueves, 28 de junio de 2012


 LA CATÁSTROFE TEMPORAL

Me llamo Robert Manley, y voy a contaros mi historia.


Corría el año 1983, era verano. El verano que cambió toda mi vida.
Ese verano mi padre me regaló un Cadillac, ni más ni menos. Y yo quedé anonadado. Prendado de él. Me dijo que lo había encontrado en un cobertizo a las afueras del pueblo. Que lo arregló y que me lo dio a mí para mi cumpleaños. Mi 23 cumpleaños se cumplía ese verano. No tardé en probar aquel maravilloso coche.


Recorrí el viejo pueblo más de 10 veces aquella primera vez que subí al coche. Estaba encantadísimo. Mis padres estaban también muy contentos de que yo fuese feliz.


Llegó Agosto y con él, llegó la tragedia. Conducía el Cadillac a casa de Jess, una amiga, que habíamos quedado para ir al cine cuando de repente, un coche se me cruzó por el camino invadiendo mi carril y tuve que hacer una maniobra para no colisionar con él, perdiendo el control del coche y deslizándome fuera de la calzada donde choqué contra un árbol y salí despedido del coche. El cinturón de seguridad del tiempo que tenía cedió.


Desperté a los 10 días en el hospital de Hammond. Me había fracturado algunas cervicales y un brazo y había quedado en coma durante ese período. Puse las noticias. Me sorprendió ver que estaba en en blanco y negro y le pregunté a la enfermera si me podía cambiar la tele, que esa estaba rota porque no se veía en color en ningún canal. Ella me miró con una cara extraña y murmuró yéndose: " Este chico del golpe te ha quedado un poco tonto. "


Ajeno a lo que pasaba, inmerso en una extrañez interna.. miraba por la ventana, y anonadado solo veía coches muy antiguos y carteles de películas muy antiguas también. Pensé que Hammond era como una ciudad perdida en el tiempo y en el desarrollo. Pobre de mí... una enfermera me trajo un periódico por si quería leer las noticias y para mi sorpresa databa del 23 de Agosto de 1959!
Debía de ser un error.. pero si estábamos en el 1983! Esto no podía estar bien.. debía de pasar algo... le pregunté a la enfermera por qué me había dado un periódico tan viejo y ella me dijo que era de ese mismo día, que no podía ser viejo.


HABÍA RETROCEDIDO 24 AÑOS EN EL TIEMPO! No daba crédito a lo que estaba pasando, pero es que estaba pasando!


Me tuve que concienciar de ello pues si mencionaba algo de que venía del futuro me tacharían de loco y no saldría de ese hospital nunca.


Sin saber adónde ir... ni qué hacer... iba a salir del hospital cuando, de repente, en la sala de espera, veo a mis padres, jovencísimos, allí sentados. No podía creerlo. Quería decirles algo, pero no podía, no me atrevía. Si le decía que era su futuro hijo, me tacharían de loco. En ese momento, veo salir a una enfermera guapísima y les dice a mis padres... " Lo siento, las pruebas son negativas. Señor Manley, usted es estéril. No puede ni podrá tener hijos... lo siento, de verdad. " Y mis padres rompieron a llorar... QUÉ??? Pero.. estéril??? Y cómo nací yo?? Debía de ser un error... o un mal resultado. Debía ser eso. Era imposible, pues yo había nacido de ellos.
No le di demasiada importancia. Volví a mi cama, y esperé a que me diesen el alta. A los 2 días vino esa bellísima enfermera joven a mi habitación a darme mis pertenencias y a darme el alta. Era guapísima, la más bella que yo jamás había visto. Y pensé, estoy en 1959... no tengo nada, ni nadie, no puedo perder nada más... estoy solo... así que me dispuse a invitar a salir a esa enfermera. Para mi suerte estaba soltera ! Era unos años más mayor que yo, tendría unos 32, pero me daba igual, me gustaba.
Y descubrí que yo a ella también, que se había paseado muchas veces por mi habitación a ver si mejoraba durante mi estado de coma... Salimos más de una noche. Fuimos al cine, a pasear por el lago, al parque. Y nos dimos el primer beso. Y vinieron más y más. Estaba en el pasado, pero, volvía a ser algo feliz... almenos, la tenía a ella. Monique se llamaba. Era Canadiense pero vivía allí en Hammond. Una noche, le dije que la amaba. Fundimos nuestros cuerpos y nuestras pasiones con desenfreno. Fue la mejor noche de mi vida. Todo volvía a sonreirme. Era una felicidad amarga, no era mi época, no era nada mío, pero.. tenía a Monique, que valía la pena.


Me enteré de que había quedado embarazada y todo dió un vuelco. No tenía dinero, pues no trabajaba en esa época. Y su sueldo de enfermera no le daba para sustentar y alimentar al bebé... pero no se practicaban abortos por esa época... llego a mencionar algo de eso y me califican de brujo... entonces Monique decidió tenerlo. Tras 9 meses, nació un lindo retoño. Robert, como a su padre, le quiso poner. Monique me comentó lo que quería hacer... " Escucha, Robert, sé que es duro... pero.. no podemos mantener a nuestro pequeño Robert, es imposible, y quiero que crezca bien, que vaya a la escuela.. que tenga amigos, que salga con chicas... " Se me hacía un nudo en el estómago. "... por eso he decidido que se lo voy a dar a una familia que no pueda tener hijos." En el fondo, era buena idea, pero me entristecía mucho no poder criar a mi hijo...
A los 3 días apareció la família que adoptaría al pequeño Robert. Eran unos amigos de Monique, me dijo. Cuando los vi... mi corazón dio un vuelco. Mi vida... se tambaleó. Los pilares sobre los que se asentaba cedieron. Allí estaban MIS PADRES, de nuevo! Monique les dijo: " Aquí tenéis a vuestro ansiado hijo.. por favor, cuidadlo como nosotros no podremos hacerlo... dadle la educación y la vida que merece. Tratadlo como a vuestro hijo y nunca le digáis nada. Será un Manley a partir de ahora. Que no sepa nunca que tuvo unod padres de verdad tan irresponsables. Nosotros nos contentaremos con poder verlo crecer sano y feliz... Aquí tenéis al pequeño Robert." Ellos entre lágrimas también, le agradecieron infinítamente a Monique esa acción que estaba haciendo por ellos. Nunca le estarían lo suficientemente agradecidos. Y se me acercaron a mí, y me dijeron... " Chico, en tu honor, le dejaremos el nombre de Robert.. como a su verdadero padre... el pequeño Robert ".


No daba crédito a lo que estaba viendo... a lo que estaba sucediendo.. el pequeño Robert... ese.. ERA YO. O sea.. yo... era adoptado. Mis padres no podían tener hijos y me adoptaron! Adoptaron mi hijo! No.. no tiene sentido. Es.. imposible...
SOY MI PADRE Y MI HIJO A LA VEZ!! Entonces... Monique... era mi MADRE. Mi verdadera madre. DIOS MÍO. Lo que había hecho.


No.. es que no... como podía ser mi padre y mi hijo a la vez... mi padre... mi hijo... mi padre... mi hijo... mi hijo... y mi padre... YO. Al día siguiente, sin poder soportar lo que había vivido, lo que había pasado, mis verdaderos orígenes, mi verdadero pasado, me suicidé. Y así acabó mi historia. Después al poco tiempo mi novia y también mi madre, Monique, se lanzaría por un puente de la pena y la angustia de haberme perdido.


Y mis padres de toda la vida, o bueno, lo que yo creía, los Manley, se enteraron de lo sucedido y definitivamente jamás le contarían nada a su hijo, a mí. Que yp era adoptado y que mis padres se habían suicidado. Si antes tenían dudas, después del suceso se negaron completamente a contarme lo sucedido.


Y esta es la historia de Robert Manley, un chico normal com una vida normal al que tras un accidente volvió al pasado extrañamente y conoció a su verdadero amor, Monique, que resultaría ser su madre y él mismo su padre, pues engendraron un retoño al que llamaron Robert y que por motivos de dinero dieron a los Manley en adopción, un matrimonio incapacitado para tener hijos.


Esta es la historia de Robert Manley, padre e hijo de él mismo.


Rubén Rico Miralles. Historias de terror escalofriantemente absurdas.
Aunque esta técnicamente es un drama. Un drama bastante escalofriante.

 TOY'S DEATH STORY

" Los cuentos dicen que cada juguete guarda en su interior una porción de felicidad de cada momento que ha pasado jugando con su poseedor. Este pequeño trocito de júbilo se convierte desde entonces en su alma. Cuanto más momentos felices han pasado el juguete y su correspondiente niño, más grande y dulce es su alma.
Este alma permanecerá viva hasta la muerte del niño.

Simplemente esto han sido cuentos que siempre se han dicho a los niños para que cuiden sus juguetes y los disfruten con control. En la inocencia de los niños no cabe el hecho de que jugar con sus juguetes puede ser sin duda, un arma de doble filo que podría desembocar en una serie de fatales sucesos.

Los cuentos dicen que cada juguete guarda en su interior una porción de felicidad de cada momento pasado junto a su niño. Ese trozo se convierte desde ese momento en su alma. Cuantos más momentos felices hayan pasado, más grande y dulce será el alma. Cuanto más tiempo pase el juguete sin ser usado y estando abandonado, más se llenará este alma de odio y rabia.
El alma permanecerá viva y llena de rencor hasta la muerte del niño. Natural, o víctima del odio de aquellos compañeros de viaje en su infancia, que fueron olvidados y arrojados a un cajón y obligados a ir cogidos de la mano del olvido. "

- Cuentos, nada más que cuentos. Cuentos de niños. Fantasías, o realidades. -

Carlos fue un feliz retoño concebido en la Noche de San Juan de 1993. Como toda vida bebé, Carlos empezó sus andanzas por este mundo; por aquellos entonces aún liviano, libertino y soñador, pero eso son otras historias de política que no vienen a cuento aquí..., bueno, que eso, Carlos empezó sus andanzas por este mundo de la mano de su compañero de cuna y amigo, Teddy, el oso cariñoso. Un oso de suave pelo marrón, ataviado con una pajarita y con un corazón rojo cosido en su pecho de algodón.
Carlos era muy feliz con ese osito. Jugaba con él a todas horas. Apenas se levantaba de su dulce siesta, o acababa de tomarse sus potitos matutinos, se ponía a jugar con su osito y a simular dios-sabe-qué aventuras, provenientes de la mente de un recién nacido.
Desgraciadamente en la vida de todo niño, todos crecemos, y a su vez, todas las cosas de nuestro entorno también crecen. Carlos tenía 5 años cuando por primera vez su osito sufrió un terrible accidente: Jugando a los avioncitos, el pobre Teddy perdió un brazo. Carlos lloró y lloró, pero su llanto no duró mucho. Tal vez, un par de horas. Teddy volvía a estar en perfecto estado, gracias a su mami, gran costurera.
Pasaban los años y Carlos no se despegaba de su osito. Esa era su alma algodonosa gemela. Ese pequeño trocito de felicidad fue creciendo cada vez más y más en el cuerpo de Teddy. Tenía un alma enorme y muy noble y dulce. Siempre estarían unidos, le dijo Carlos.

[...]

2011.

Carlos tiene 18 años, y hoy por fin se ha decidido a pedir salir a Sandra, una chica que le gusta desde hace bastantes meses. Con un arranque de valor, en el patio del instituto, se lo pide, y ella, entre muecas de sorpresa y vergüenza, acepta. Carlos siente una sensación de alegría que le inunda el pecho. Han quedado a las 6 de la tarde para tomar algo y dar un paseo.
Pasa toda la tarde arreglándose en el baño hasta que se hace la hora acordada.
Acude a la cita.
Es de noche, se ha acabado la cita. Todo ha salido a pedir de boca. Tarde memorable. Pero a Carlos aún le falta algo para que sea perfecta. En la puerta de Sandra, cuando ella se despide de él, Carlos con atrevimiento la besa. Con las mejillas sonrosadas y con una mueca ya de alegría en sus labios, Sandra se despide de él. " Mañana cuando acabe el instituto podemos volver a quedar... si quieres, Sandra." Le dice. " Me encantaría ". Le contesta ella, le devuelve el beso, y se marcha. Carlos piensa que ha sido el mejor día de su vida. Se encuentra contentísimo, lleno de energía. Vuelve a casa canturreando.
Cuando llega a casa se conecta enseguida al Tuenti para ver si ella está. "Oh, sí, sí está. Qué hago? Le hablo? Pensará que soy un pesado. No le hablo? Pensará que no me interesa." Se decide a hablarle. Pasan horas hablando. Se hace tarde, se despiden y quedan a la mañana siguiente a la misma hora. Sabia elección hablarle.

Carlos se dispone a acostarse, cuando ve algo muy familiar, demasiado incluso, encima de la cama. Teddy, el oso cariñoso. "Ted, hemos pasado momentos muy muy buenos, me acuerdo de todos y cada uno de ellos. Te quiero mucho, pero ahora tengo alguien de verdad a mi lado. Alguién que me puede devolver verdaderamente el cariño que le preste. Lo siento tío, pero ya no te necesito, no quiero que venga un día a mi casa y te vea aquí. Pensará que soy un niño pequeño. Sería ridículo, jaja. Lo entientes verdad colega? Siempre te recordaré Ted. Ya nos volveremos a ver tarde o temprano". Dicho esto, cogió a Teddy y lo metió en una caja de cartón y lo guardó en el fondo de un armario.

No me quiere, ya no me quiere. Ya no me necesita. Ya no soy útil. Qué he hecho? Siempre hemos sido buenos amigos. Siempre estaríamos unidos, no lo recuerdas? Por qué me has abandonado?

Ese gran amor, esa gran parte de felicidad, esa gran parte de alma que tenía el osito, se convirtió en puro odio. Puro rencor. Pura maldad.

Yo te di todo lo que necesitabas en todo momento. Compañía, amistad, amor, cariño. Todo. Por qué? Por qué me has hecho esto? Por qué Carlos?

Esas preguntas resonaban en el alma rota, del oso. Todo el cariño fue reemplazado por odio, sed de venganza. " Siempre seríamos amigos"... " Te quiero Carlos" ," Te quiero...", " Te quie..." ,"Te..", " Te quiero matar, Carlos".

Carlos no apareció a la mañana siguiente en el instituto, ni acudió a la cita. Sus padres llamaron a la policía y se procuraron programas de búsqueda para encontrar a su hijo perdido. Su osito de peluche tampoco estaba. Pensaban que su hijo se había escapado con él y se preguntaban por qué. Esta duda les reconcomería el resto de sus vidas.

Carlos jamás volvió a aparecer. Ni Teddy, su osito cariñoso.

" Siempre seremos amigos, verdad Carlos? Siempre, hasta el FINAL. "


Rubén Rico Miralles. Historias de terror escalofriantemente absurdas. 


 EL HADA DE LAS VERDURAS.

" Los niños de hoy en día ya no comen verduras. Las dietas equilibradas están desapareciendo. Los niños de hoy en día prefieren carne, pescado, patatas fritas, pero no tienen un hueco para la ensalada. Consecuencias de esto? Transtornos alimenticios que bien pueden afectar a la salud del niño, tanto en el cuerpo, como en su boca. Pueden aparecer carencias de proteinas y vitaminas, problemas como llagas o úlceras en las bocas y, cómo no, la típica regañina con la mami que quiere que tomemos nuestra ensalada.
Desgraciadamente, hay algo más allá del simple hecho de dejar un plato de verduras en la mesa. Cuesta creer, que algo oscuro se cierne sobre un acto tan estúpido e infantil como es dejarse la cebolla de la hamburguesa, porque no nos gusta, en la bandeja. Cuesta creer que una hoja de lechuga en el plato pueda desencadenar hechos que escapan a nuestra imaginación y entendimiento. Hechos catastróficos y terroríficos, que pueden dejar petrificados a cualquiera que los escuche. Cuesta creer, que las verduras tengan tras de sí una maldición. Cuesta creer que cada vez que un niño deja la verdura en el plato, ésta sea la última cosa que probaría en su vida. Cuesta creer que un trozo de tomate desencadene una serie de muertes cruentas y sangrientas. Cuesta creer que un ente maligno te persiga hasta acabar contigo por despreciar la verdura.


Las madres siempre han dicho que hay que comer de todo, y sobretodo, verdura. Hay algo detrás de todo esto, detrás de todos estos consejos que tanto hemos oido que ya nos suenan a tópico? La respuesta era bien sencilla. Sí. Las madres no nos lo dicen por decir, sino por nuestro verdadero bien. No el bien físico y saludable, sino por el bien de nuestras vidas, ya que algo destructivo y paranormal iría detrás de nosotros si no les hiciésemos caso. Las madres lo saben. Saben que existe. Los niños lo desconocen. Viven ajenos y felices donde asumen que no comer verdura tendrá consecuencias no mucho más graves que quedarse sin postre. Los niños no saben que existe. Ingénuos. Un secreto muy bien guardado. Un secreto fantasmal. Un secreto escalofriante y desgarrador. Un secreto de ultratumba. El secreto del Hada de las verduras.


Sed de venganza, de carne fresca. Aguarda pacientemente, inactiva, a que algun niño desobedezca a su madre y no se tome la ensalada. Es su hora de actuar. Es la hora de despertar. Es la hora de la matanza. Es la hora de la masacre. Es su hora.


Ésta es la leyenda de Romilda Rose. Mujer tejana que sufrió una terrible desgracia en el verano de 1860. Solo comía verdura, amaba los animales y odiaba la carne. En su pueblo natal de Texas, un pueblo muy conservador, la tomaron por loca y bruja, pues no quería alimentarse de carne como todo el poblado y se apartaba de todos ellos y lanzaba maldiciones a todos los que saciaban sus apetitos con carne. Fue perseguida, dada caza y quemada junto con el huerto que ella misma cultivaba. Fue ahí. Fue ahí donde todo empezó.. en el verano de Texas de 1860. Fue ahí donde empezó la historia de venganza del espíritu de Romilda Rose. Fue en ese momento cuando juró venganza de todos aquellos que despreciaran la verdura y para ello, su espíritu endemoniado, corpóreo y mártir vagaría por toda la eternidad esperando, al acecho, de algun joven revoltoso. Todas las madres juraron guardar el secreto y aconsejar a sus hijos, siempre de comer verdura, para hacerse fuertes. Esa fue la tapadera de la gran verdad que allí aconteció.
Fue en ese momento donde se curtió la leyenda. Su leyenda. La leyenda de Romida Rose; la leyenda del Hada de las Verduras. "


...


Chicago, Illinois. 4/6/2009 23:38
Matt entró en el McDonald's y se pidió una Big Mac. Se sentó en la mesa de la esquina del recinto y se dispuso a comerse la hamburguesa. Antes de ello, quitó la lechuga.... "Vaya, lleva lechuga! A la próxima no la vuelvo a pedir! " ; pensó. Seguidamente empezó a devorar su cena.


Chicago, Illinois. 4/6/2009 23:51
Matt fue al servicio a hacer pis.


Chicago, Illinois. 5/6/2009 00:22
Una señora de la limpieza encuentra el cuerpo de Matt en el suelo del servicio enmedio de un reguero de sangre. Está muerto. Tiene el estómago completamente rajado. En su boca lleva un trozo de lechuga. En las paredes se puede leer: " Las madres siempre dijeron que había que comer verdura, Matt " escrito en sangre.



Rubén Rico Miralles. Historias de terror escalofriantemente absurdas.

sábado, 12 de mayo de 2012


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viernes, 9 de diciembre de 2011

 
Illustration about " Fallen Angels " of the band called Black Veil Brides.
I used my own drawing style to make it.
I hope you like it and if you haven't listened BVB yet, I recommend it.
They are fucking amazing!